
Soledad, antigua compañera de mis
días, callada en medio del murmullo de mis tenues compañías, pero siempre
presente, jamás ausente; te saludo vieja amiga, mal haría en no llamarte así,
no quisiera un enemigo que como tú me aguardase a cada paso, como mi sombra… te
has llevado tantas cosas, o tal vez no es lo que quitas sino tu segura presencia
cuando todo se ha ido; no te culpo de la tristeza con que a veces llegas, soy
yo que no se acostumbra al aire del vacío, total la vida es anhelo y no importa
que se tenga, siempre hará falta… Maldigo tu amor enfermizo que me abraza, como
el único consuelo disponible cuando todos se han ido, cuando te encuentro en
medio de mis ganas de partir y del sin sentido de mis creadas tormentas…
bendigo el silencio de tus abrazos, aquellos en los que descifro con calma la
quietud de una remota paz cuando el ruido se silencia… soledad, quizás lo más
duro de saberte cierta, sea ese profundo acento que pones sobre mi… obligándome
a encontrarme, a pensarme, a cuestionarme… a la larga no sé si eres o soy yo
quien te ha puesto un nombre, pero en realidad no existes, no sos más que la
resta de mis presuntas adiciones y el dolor que me causa verme así, tan herido
y tan vacío.